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Peter Burke y la propaganda política del absolutismo: la "construcción" de Luis XIV.
El rey es generalmente
retratado en armadura, romana o medieval, o con el manto real decorado
con la flor de lis y orlado de armiño. Lleva en la mano un orbe,
un cetro o un bastón, símbolos de mando y autoridad. Su
rostro revela en ocasiones afabilidad, pero nunca sonríe: la
sonrisa no se consideraba un rictus adecuado para el rey de Francia.
De hecho, se ha sugerido que fue la sonrisa que Bernini colocó
en una escultura ecuestre del rey lo que provocó el rechazo de
la misma y su posterior reciclamiento, para evitar desperdiciar el mármol
(Peter Burke, La fabricación de Luis XIV, Madrid, Nerea, 1995,
p.38). Retrato de Luis XIV, de Hyacinthe Rigaud, óleo sobre lienzo, c.1700, Louvre, Paris. No obstante, la propaganda real dejaba lugar para la experimentación y cierta heterodoxia iconográfica. Algunos retratos menos difundidos presentan al rey como el dios Apolo, en túnica antigua, con la lira en una mano y las riendas de un carro en la otra. La postura displiciente con la que este rey-dios maneja un carruaje tirado por cuatro briosos corceles revela que no se trata de una figura meramente humana: sólo un dios puede desplazarse por el cosmos con esta estudiada falta de esfuerzo.
Triunfo de Luis XIV, de J.Werner, 1664, Châteua de Versaille. En otros casos, Luis volvía a la imaginaría cristiana clásica. En lugar del arrogante y avasallante dios del sol y de las artes, el monarca podía presentarse como el pacífico y afable Buen Pastor, un bondadoso monarca que apacentaba su reino como Cristo sus ovejas. Ya fuera que se recurría a referentes clásicos o bíblicos, la imaginería no perdía ocasión de difundir una imagen sobrehumana del rey de Francia. Luis XIV como el Buen Pastor, probablemente de Pierre Paul Sevin, vitela. Como afirma Burke,
para el historiador moderno, las representaciones literarias tienen
la ventaja de que explican claramente su significado utilizando adjetivo,
ayudándonos a interpretar las imágenes. Como en la antigua
Roma imperial, se aplicaba al rey una serie estereotipada de epítetos:
augusto, brillante, constante, ilustrado, generoso, glorioso, apuesto,
heroico, ilustre, inmortal, invencible, justo, laborioso, magnánimo,
pío, sabio. En una palabra, era el más grande, adjetivo
adoptado oficialmente en 1671. LOUIS LE GRAND se escribía a menudo
en mitad de un texto en minúsculas (Burke, op.cit, p.41). La familia de Luis XIV, de Jean Nocret, ólea sobre lienzo, 1670, Château de Versailles.
Luis XIV visitando la Académie des Sciences, de Sébastien Le Clerc, frontispicio de Mémoires pour l'histoire des animaux, 1671, de Claude Perrault, British Library, Londres. El Luis político
tampoco estaba ausente de las representaciones. Luis como señor
de Europa y del Universo, como cabeza temporal de la Cristiandad. En
innumerables imágenes podemos ver el poderoso monarca que iniciaba
guerras interminables por mera ambición personal, acompañando
a sus ejércitos en campaña. Al gobernante que revocaba
el Edicto de Nantes aprobado por su abuelo -con lo cual restauraba virtualmente
la intolerancia religiosa en Francia-. O al monarca que recibía
a embajadores de los más remotos reinos, como virtual monarca
de todo el planeta. Sitio de Douai en 1667, de Adam-Frans van der Meulen, grabado c.1672. Anne S.K.Brown Military Collection, Brown University Library, Providence, R.I. En el siguiente ejemplo se observa a Luis recibiendo la embajada del rey de Siam, cuyos enviados parecen colmar de regalos al rey francés, mientras le rinden las mayores muestras de cortesía y respeto. La fama del soberano, parecen decir las imágenes, llegaban a los mismos confines del planeta. Finalmente, el libro de Burke no se limita a las imágenes creadas por el propio régimen para ensalzar a Luis XIV, sino que dedica uno de los capítulos finales a la contra-propaganda ensayada por los enemigos del monarca. Semejante programa iconográfico-simbólico sólo podía ser contrarrestado con imágenes de similar poder y efecto. Luis podía ser mostrado como usurpador, enemigo de Cristo, mujeriego, tirano, maquiavélico, soberbio, intelectualmente mediocre como un nuevo Nerón, como Herodes o el Faraón que confrantaba con Moisés. Un panfleto llegó a parodiar el Padre Nuestro: "Padre Nuestro, que estás en Marly, tu nombre ya no es santificado, tu reino toca a su fin, tu voluntad ya no se cumple..." (Burke, op.cit., p.130). El siguiente óleo, por ejemplo, muestra a Luis como sátiro y perverso. Aún cuando quedarán siempre dudas respecto de la eficacia real de programas de representación y propaganda política de gran magnitud, el libro de Peter Burke nos permite acceder a uno de los más fabulosos ensayos conocidos de construcción de la imagen de un gobernante europeo con anterioridad a los grandes regimenes totalitarios del siglo XX. Fabián A. Campagne |
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