Historia de los Movimientos Sociales

La Semana Trágica de enero de 1919 en Buenos Aires

     El 7 de enero de 1919 tuvo lugar un choque violento entre obreros huelguistas de los Talleres Metalúrgicos Pedro Vasena con un grupo de rompehuelgas primero, con un grupo de policías después. Los huelguistas intentaron detener varias chatas de la empresa, conducidas por obreros no adheridos y rompehuelgas, las que circulaban por calles aledañas en busca de materias primas. Como los carros no se detenían, los huelguistas comenzaron a arrojarles piedras y maderas. Entonces, varios policías que acompañaban al convoy abrieron fuego con sus fusiles. Terminada la refriega, cuatro obreros muertos quedaron tendidos en la calle, amén de una treintena de heridos, algunos de los cuales fallecieron con posterioridad. Comenzó así uno de los estallidos sociales más violentos vividos por la ciudad de Buenos Aires en el siglo XX, acontecimiento que fue adquiriendo mayor gravedad a medida que pasaban los días, obligando a todas las corrientes ideológicas de la Argentina del momento a tomar partido y opinar sobre los sucesos.

     La huelga general decretada por las organizaciones obreras -la más importante que conociera el país hasta aquel entonces-, el rol destacado de la prensa y militantes anarquistas en el movimiento, la reciente Revolución Rusa de 1917, la organización de un movimiento contrarrevolucionario como la Liga Patriótica, la aún próxima derrota del conservadurismo en las elecciones presidenciales de 1916, los efectos recesivos provocados por la Guerra Mundial que acababa de terminar, todos estos factores contribuyeron para transformar a la Capital Federal en el impensado escenario de una guerra social, que dejaría por muchos tiempo su huella en el imaginario colectivo de la moderna Buenos Aires.


Huelga

Proponemos a continuación fragmentos con las opiniones e interpretaciones de los acontecimientos de la Semana Trágica vertidas por los representantes de las grandes corrientes ideológicas de la Argentina del período: la UCR, los grupos conservadores, el Partido Socialista, la corriente sindicalista y el anarquismo. La violencia de los acontecimientos y el temor a la revolución social contribuyeron para que los distintos grupos involucrados descubrieran sus presupuestos ideológicos más profundos con inusual franqueza.

1) LA INTERPRETACIÓN DEL PARTIDO SOCIALISTA.

     Enfrascado como estaba en la actividad parlamentaria, bastante aislado de los trabajadores, el Partido Socialista fue tomado por sorpresa por el estallido de los acontecimientos. Fundado por Juan B. Justo, el socialismo priorizaba la vía parlamentaria por sobre las vías sindical y revolucionaria de construcción del socialismo real. El advenimiento del socialismo sería un proceso progresivo, constructivo. Los sucesivos triunfos en las elecciones parlamentarias permitirían la sanción de leyes sociales cada vez más progresistas. Eventualmente los partidos socialistas alcanzarían a controlar los poderes ejecutivos de las principales naciones, profundizando las reformas sociales iniciadas por la vía parlamentaria. El acceso del laborista Ramsay MacDonald al cargo de primer ministro en Inglaterra, en la década de 1920, pareció confirmar la validez de esta estrategia. El Partido Socialista argentino era, entonces, un exponente de la interpretación del marxismo denominada social-democracia, por oposición a la corriente ortodoxa, revolucionaria y maximalista, una de cuyas más exitosas encarnaciones sería el marxismo-leninismo.

     En un extenso editorial publicado en La Vanguardia, el 14 de enero de 1919, el órgano oficial del partido desarrollaba su peculiar interpretación de los hechos. El texto es extremadamente claro: al Partido Socialista sólo parecían interesarle los resultados de las elecciones. Sus análisis e interpretaciones eran siempre pasadas por el tamiz de la conveniencia electoral, la propia y la de los adversarios. En este caso, la violencia desatada durante la Semana Trágica es considerada como responsabilidad del gobierno radical, deseoso de desacreditar ante la opinión pública al Partido Socialista, el más fuerte rival con que el partido de Yrigoyen contaba en el ámbito de la Capital Federal. Asociando la defensa de los intereses obreros y del socialismo con la violencia y la anarquía -razonaba el editorialista-, el gobierno pensaba restarle votantes al partido de Juan B. Justo.


Hipólito Yrigoyen

     Para el Partido Socialista, la verdadera batalla se estaba librando en el recinto parlamentario y en las mesas electorales. Paradójicamente, la violencia real, la violencia ocurrida en las calles de Buenos Aires, no era para ellos sino un espejismo, un epifenómeno, una distorsión del verdadero combate en pos de una sociedad más justa, que debía librarse en el magno capitolio situado en la intersección de las avenidas Rivadavia y Entre Ríos.

 

“La anarquía, el desorden y el caos producidos por incontenibles apetitos y ambiciones, amenazaban la existencia misma del partido gubernista [la UCR] en vísperas electorales en la Capital Federal; había que acallarlos y aplazarlos por algún hecho muy grande y grave.

     La oposición parlamentaria crecía y aumentaba con la incorporación a ella de gran parte de la diputación radical, quedando la defensa del gobierno a cargo de muy pocos diputados radicales (...). El Congreso se ponía cada vez más irreductible frente al Poder Ejecutivo, y la opinión pública empezaba a ponerse decididamente del lado del Congreso. Y todo ello en vísperas de la discusión del Presupuesto. Había que reducir la oposición parlamentaria. Había que demostrar a las clases conservadoras y reaccionarias del país que este gobierno demagógico, compuesto de hombres de tradición revolucionaria y popular y surgido del sufragio universal y que coqueteaba con el movimiento obrero y gremial, había que demostrar que en el fondo era tanto o más conservador o reaccionario que los gobiernos anteriores.

     Y había que debilitar ante la opinión pública, cuya creciente simpatía se manifiesta por el único partido orgánico, consciente y vigoroso que con tanta energía y valor controla los actos del actual gobierno, y denuncia sus desaciertos. Había que debilitar al Partido Socialista, sobre todo en vísperas electorales, tratando de empujarlo, confundirlo y mezclarlo en movimientos anárquicos desordenados y caóticos, haciéndolo aparecer excesivamente revolucionario ante cierta opinión pública del país

 

2) LA INTERPRETACIÓN DEL ANARQUISMO.

     En el continuum de las corrientes sociales argentinas de principios de siglo, el anarquismo debe ser colocado en las antípodas del socialismo. A diferencia de aquél, no sólo rechaza de plano toda intervención en el ámbito formal de la democracia parlamentaria, no sólo sostenía la necesidad de destrucción violenta y revolucionaria del capitalismo, sino que rechazaba toda forma de negociación directa con los poderes constituidos. Ésta última características los diferenciaba de la corriente sindicalista, que rechazaban la vía electoral pero aceptaban negociar con los representantes del estado burgués. Por otra parte, el rechazo anarquista de toda forma de poder exterior que constriñese la libre voluntad de los hombres –familia, ley, moral, religión, partido- los alejaba también del marxismo, para quienes la rígida organización de las células revolucionarias y de los partidos de vanguardia, así como la eventual imposición de una dictadura del proletariado post-revolucionaria, eran estrategias capitales en su lucha en pos del socialismo real.

     En los siguientes fragmentos, extractados de La Protesta, voz oficial de la FORA del Vº Congreso, los anarquistas hacían un llamamiento a la revolución violenta, catalogaban como revolucionaria el accionar obrera durante la Semana Trágica, y se burlaban de los parlamentarios socialistas. El primer fragmento fue publicado el día 8 de enero de 1919. El segundo fragmento lo fue el 21 de enero.

“Y cerramos esta crónica haciendo un llamado a todas las organizaciones obreras de la ciudad. Sin falta, trabajadores, vengad este crimen. Dinamita hace falta ahora más que nunca. Esto no puede morir en silencio. ¡ No, y mil veces ¡ ¡ No ¡, el pueblo no ha de dejarse matar como mansa bestia. Incendiad, destruid sin miramientos, obreros. ¡ Vengaos, hermanos ¡ frente al crimen de la justicia histórica, la violencia del pueblo como única e inmediata consecuencia y solución”.

"¿Dónde, pues, estaban los socialistas ? En la Cámara, unos llorando un mea culpa vergonzoso de puro miedo (...), otros escribiendo disculpas lamentables (...).Los últimos acontecimientos revolucionarios que conmovieron a esta tranquila y confiada ciudad nos han demostrado dos cosas: que el socialismo es simplemente un partido de oposición con propósitos de gobierno, enemigo de todo acto que signifique una subversión de órdenes sociales y que sus dirigentes no tienen la capacidad revolucionaria y la valentía suficientes para encarar decididamente una situación de fuerza, orientando al pueblo hacia la revolución”

“Cualquiera sabe (...) que los socialistas y sindicalistas negaron su concurso a la huelga general, tratando de eludir responsabilidades, mientras la Fora del Vº  [reafirmaba] el movimiento y [asumía] la actitud que correspondía en esos momentos a todo revolucionario. La defección sindicosocialistas provocó la reacción burguesa estatal”

   

3) LA INTERPRETACIÓN DEL SINDICALISMO

     Con el nombre de “Sindicalismo revolucionario” se conoce a una corriente social surgida en Europa a fines del siglo XIX, de gran predicamento en Francia, y que alcanzaría en Argentina una posición hegemónica en la organización del movimiento obrero entre 1910 y 1930 (aprovechando el vacío dejado, por diferentes motivos, por socialistas y anarquistas). El sindicalismo rechaza la vía parlamentaria de construcción del socialismo y defiende la necesidad de la vía revolucionaria. Sólo que en la construcción de ésta última asigna un papel estratégico a los sindicatos. Afirmaba Sebastián Marotta, teórico de esta corriente: “existe un concepto equivocado de la función que cumple un sindicato en el proceso de la revolución social (...); se le asigna un papel secundario, aun cuando encierra los elementos revolucionarios del nuevo orden y es escuela maestra de la conciencia proletaria”.

     Los sindicalistas se lanzaron a luchar por una legislación social de avanzada, pero a diferencia del Partido Socialista, querían conquistarla sin mancharse con la “politiquería parlamentaria”. En cuanto a sus diferencias con los anarquistas, los sindicalistas propiciaban la neutralidad ideológica y filosófica de los sindicatos –aunque ellos se consideraban genéricamente “marxistas”-. Imponer una ideología hubiera significado dividir al movimiento obrero. Por otra parte era innecesario, dado el caracter intrínsecamente revolucionario de los sindicatos. Los anarquistas, en cambio, seguían sosteniendo que los sindicatos debían definirse a favor del comunismo anárquico. Pero la mayor diferencia entre ambos movimientos estribaba en la propensión al diálogo y a la negociación que demostraban los sindicalistas, lo que los convertía en interlocutores ideales de un gobierno como el de Yrigoyen, deseoso de entablar conversaciones con las organizaciones obreras (hasta 1916 sistemáticamente ignoradas por el régimen conservador). En la práctica, los sindicalistas propiciaron un reformismo de nuevo cuño, que utilizaba a los sindicatos para la obtención de reivindicaciones sociales en lugar de recurrir a las bancas del parlamento.

     Durante el conflicto de la Semana Trágica, el principal objetivo de los dirigentes que controlaban la FORA del IXº Congreso, principal nucleamiento sindicalista, fue evitar el desborde del conflicto y mantenerlo dentro de cauces racionales. Cuando la FORA del Vº Congreso, anarquista,  llamó a la huelga revolucionaria, los sindicalistas se apresuraron a ponerse a la cabeza del movimiento, pero propiciando la obtención de objetivos puntuales: que la empresa Vasena aceptara las mejoras laborales exigidas por los obreros y que el gobierno liberara a los obreros y a los dirigentes detenidos. El reformismo sindicalista no propiciaba una huelga revolucionaria sino un movimiento en pos de mejoras concretas para los trabajadores. A partir del día 9 de enero el gobierno nacional dialogó y mantuvo negociaciones abiertamente con los dirigentes sindicalistas, actitud impensable en lo que respecta a los líderes del maximalismo anarquista. Finalmente, cuando creyeron aseguradas las reivindicaciones solicitadas, los sindicalistas hicieron un llamamiento a levantar la huelga general.

     A continuación, reproducimos en primer lugar un fragmento del libro de Sebastián Marotta, El movimiento sindical argentino. Su génesis y desarrollo; y en segundo y tercer lugar, una declaración de la FORA del IXº Congreso, reproducida por el diario La Nación el 12 de enero de 1909:

“El secretario de la FORA señala que la huelga general tiene por causa inmediata y concreta el conflicto metalúrgico. Se desnaturalizaría su carácter solidario y de protesta si se le añadiese un programa de reivindicaciones extraño a su motivo y propósito.”

“En presencia de los acontecimientos ocurridos ayer y hoy, de naturaleza ajena al movimiento huelguista, el Consejo de la Federación hace pública su declaración de que sólo se solidariza con actos propios de la clase obrera, rechazando toda responsabilidad con actos como el asalto al Correo y el Departamento de Policía, hechos con la intervención de elementos extraños y ajenos a la Federación Obrera Argentina y a los propósitos de protesta que persigue la clase trabajadora”

“[La Federación Obrera Argentina resuelve] dar por terminado el movimiento recomendando a todos los huelguistas reanuden de inmediato el trabajo. La Asamblea de Delegados hace un llamado entusiasta al proletariado huelguista en acción solidaria con los obreros de Vasena y protesta por le hechos acaecidos, para que la misma unión mantenida durante el grandioso movimiento sea sostenida al volver al trabajo, dando la prueba elocuente de que el proletariado organizado sabe cumplir sus compromisos y tiene derecho a reclamar que le sean cumplidos”.

 

 4) LA INTERPRETACIÓN DEL RADICALISMO.

     Aún sin cambiar sustancialmente el modelo agroexportador argentino y los mecanismos de acumulación sobre los que se sustentaba, el gobierno de Yrigoyen ensayó formas de incorporación de la clase obrera en el sistema. A la política de la mera represión, ensayada hasta entonces por los presidentes conservadores, sucedió una búsqueda del diálogo entre el gobierno y los líderes obreros, en particular las organizaciones dominadas por la corriente sindicalista. En múltiples ocasiones desde 1916 en adelante, el reformismo yrigoyenista ocupó por propia voluntad el rol de mediador entre trabajo y capital, presionando al sector empresarial para que otorgara las mejoras laborales que demandaban los trabajadores. La política radical era tildada de demagógica por conservadores y socialistas. Los primeros, porque se negaban a considerar al movimiento obrero organizado como un interlocutor válido. Los segundos, porque temían que el populismo yrigoyenista terminara minando la base electoral que el Partido Socialista deseaba monopolizar.

     Durante los hechos de la Semana Trágica, diversos editoriales de La Época, canal de comunicación privilegiado del partido de gobierno, delinearon con claridad la vocación mediadora de la política obrera yrigoyenista. Por un lado se advertía a los obreros que el gobierno simpatizaría sólo con aquellas huelgas que se realizaran en pos de reivindicaciones laborales de tipo puntual, y que en ningún caso pusieran en peligro el orden público. Al mismo tiempo se responsabilizaba a los anarquistas, a quienes se negaba toda representatividad en relación con los intereses obreros, por la represión a la que el gobierno se había visto obligado. En tercer lugar, se aseguraba a los representantes de la alta burguesía y a los intereses económicos dominantes que el gobierno tenía siempre el control de la situación, y que todo peligro de subversión social debía descartarse por completo. Finalmente, el gobierno recordaba a los empresarios la necesidad de conceder mejoras en la remuneración y condiciones salariales de los trabajadores, propias de la modernización capitalista que el país venía sufriendo desde hacía varias décadas: el gobierno consideraba que las huelgas y protestas obreras eran una consecuencia de la dureza y falta de flexibilidad de los patrones y empresarios.

     El primer párrafo que reproducimos fue tomado del editorial de La Época del día 10 de enero de 1919. El segundo párrafo corresponde al editorial del día 13 de enero.

“Se trata de una tentativa absurda provocada y dirigida por elementos anarquistas, ajenos a toda disciplina social y extraños también a las verdaderas organizaciones de trabajadores. Porque no se trata de un movimiento obrero. Mienten quienes lo afirman. Mienten quienes pretenden asumir audazmente la representación de los trabajadores de Buenos Aires (...).

La propiedad y la vida de las personas están perfectamente garantizadas por un gobierno que posee la autoridad moral y material necesarias para hacer respetar las disciplinas sociales. La normalidad de las condiciones en que se desenvuelve la vida colectiva y el deseo de evitar choques y rozamientos cuyas consecuencias podrían ser lamentables, dan pauta de los actos gubernativos. La huelga es respetada en todo lo que no excede de los límites que a los trabajadores les asisten de abandonar el trabajo, dentro de condiciones determinadas. La huelga será reprimida en toda tentativa que desnaturalice su verdadero carácter y  que denuncie intenciones de violar el orden social o atentar contra los derechos civiles garantizados por la Constitución a todos los habitantes de la República (...).

Las simpatías del Ejecutivo por los obreros son bien conocidas y están probadas con hechos consecutivos. Pero jamás el presidente de los argentinos cederá a la sugestión amenazante de turbas desorbitadas que quieran sustituir su voluntad al juego libro de las leyes que rigen la actividad social”.

“[Los trabajadores] han tardado más tiempo del necesario en advertir que sus propósitos habían quedado subordinados a los designios de fuerzas disolventes que se sirvieron de ellos como instrumentos, precipitándolos en direcciones totalmente opuestas a las que les señalaban sus conveniencias. Por fortuna, la reacción se ha producido no sin que sea necesario lamentar algunos sacrificios que hubieran sido evitados de mediar mayor prudencia en los directores de la huelga. Hay que esperar que los obreros aprovechen la lección. Que lo ocurrido les sirva en adelante para examinar con más atención el lenguaje y procedencia de esos agitadores, que aparecen súbitamente en sus centros, sin ser obreros ni tener vinculación profesional alguna con los trabajadores (...).

En cuanto a la acción [del gobierno] se refiere, no perderá oportunidad de utilizar el aprendizaje siempre, naturalmente, que cuente con la colaboración del Congreso, el cual solamente puede prestarle los instrumentos legales necesarios para ampliar y perfeccionar la política social que el Ejecutivo viene desarrollando. Porque la represión no puede ser el área total de la acción gubernativa. Conviene desentrañar las causas de agitaciones como la presente y después de “dializar” los elementos extraños y refractarios, procederá prevenir la repetición de hechos análogos mediante leyes que contemplen y resuelvan situaciones derivadas del malestar económico que se hace sentir especialmente sobre las clases menos acomodadas”

5) LA INTERPRETACIÓN DE LOS CONSERVADORES.

     Los conservadores no conformaban un partido único nacional. En 1919 destacaban los nucleamientos organizados en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires, bajo el nombre de Partido Conservador, en tanto que su contraparte cordobesa recibía el nombre de Partido Demócrata. Algunos autores incluirían también en este listado al Partido Demócrata Progresista de Santa Fe, inclusión por lo menos discutible. La representación parlamentaria de las fuerzas conservadores aprovechó los acontecimientos de la Semana Trágica para culpar del estallido de violencia a la política dialoguista del gobierno. Con su retórica pro-obrera el gobierno no había hecho más fomentar el crecimiento de ideologías sociales disolventes y peligrosas. La línea de concesiones al movimiento obrero era la responsable de los acontecimientos vividos en enero de 1919. Pero, como afirma Julio Godio en La Semana Trágica de enero de 1919 (Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p.156): “la gran debilidad de los conservadores es que operaban sobre una nueva correlación de clases en el país (...) y de allí que la huelga tuvo un resultado diferente del que los conservadores anhelaban. La chusma, el populacho fue derrotado (...) pero también la empresa Vasena tuvo que conceder para frenar el movimiento, con lo cual se reconoció en el país que también las opiniones de los patrones era materia de decisión estatal”.


Huelga

     Reproducimos a continuación fragmentos de un artículo publicado por E. S. Zeballos en el número de 1919 de la Revista de Derecho, Historia y Letras, titulado “Gobierno Radical – Los sucesos de enero”. El autor culpabiliza al gobierno por la manera en que toleraba el accionar de las corrientes obreras más radicalizadas, al tiempo que recalcaba que la represión anti-obrera era la política que en otros países se utilizaba para con los comités obreros que proclamaban y dirigían huelgas:

“Los preparativos de la huelga revolucionaria eran públicos desde meses atrás. Se dice que un alto funcionario propuso medidas preventivas al Poder Ejecutivo y que no fue escuchado. Se tenía el propósito de dejar hacer. Por consiguiente la responsabilidad de los bochornosos días que ha pasado Buenos Aires es del Poder Ejecutivo (...).

El Poder Ejecutivo creía, en efecto, estar en presencia de un movimiento socialista general, y como ha implantado desde 1916 una política de tolerancia y de impunidad para los obreros delincuentes, les dejó el campo libre.

Esta libertad, este estímulo positivo, exaltó la agitación a extremos inauditos: la libertad, la propiedad, la seguridad de los habitantes quedaron durante los días 9 y 10, abandonados a la acción tumultuaria de grupos implacables, formados en su mayoría por extranjeros (...).

Lo jurisprudencia y aun leyes extranjeras responsabilizan a los comités que proclaman y dirigen huelgas, arrestan a sus miembros inmediatamente y los someten a los jueces naturales. Esta debió ser la primera medida adoptada por el Poder Ejecutivo para preservar el orden público y en desagravio de los perjudicados, de las víctimas y de la población (...).

En efecto, el Jefe de Estado ha admitido en su despacho a los comités que proclamaron la huelga general y que, al contrario, debieron ser reducidos a prisión, en el primer momento, pues así proceden los gobiernos que dan ejemplos a la Humanidad.

La única actitud compatible con los deberes de un Jefe de Estado, en tal caso, era la imparcialidad. El debió aconsejar, pedir y hasta imponer, desde que estaban combatiendo sus tropas con la huelga, que ambas partes depusieran las armas y sometieran sus diferencias a un tribunal arbitral, que debió tener ya organizado con personas que inspiraran confianza a unos y otros. Pero él echó todo el peso del poder del Estado en el platillo de los huelguistas delincuentes, y obtuvo del capitalista la aceptación de condiciones que estaba rechazando a balazos desde su fábrica, sostenido por un grupo de obreros fieles”


NOTA: Los fragmentos citados fueron extraídos de Julio Godio, La Semana Trágica de enero de 1919, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986 (1ª edición 1972), capítulos 11 a 15.

                                               
                                                                       Fabián A. Campagne



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