¿Cómo trabajar con fuentes los grandes temas de la Historia?
La caída de Yrigoyen:
El golpe del 6 de septiembre de 1930


Documento 1: fragmento del libro La Revolución de 1930 y los problemas de la democracia argentina, de Nicolás Matienzo, octubre de 1930.

     El autor, jurisconsulto de prestigio y ministro del Interior durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear, justifica el derrocamiento de Yrigoyen a causa del personalismo y el avasallamiento de las instituciones republicanas que le atribuye al viejo líder radical. No fueron solamente los discursos autoritarios del nacionalismo de derecha los que legitimaron la primera quiebra del orden institucional en el siglo XX. La alienación del yrigoyenismo respecto del resto de las fuerzas y líneas políticas, en el seno incluso de la propia UCR, contribuye a explicar el aislamiento que convirtió al derrocamiento del gobierno constitucional en una tarea más sencilla de lo que muchos esperaban:

"Cualquiera que sea el período en que el pueblo argentino se encuentre con relación a sus gobernantes, lo que está fuera de duda, lo que cada ciudadano recto debe tener siempre grabado en su mente, es que no hay institución ni corruptela que dure cuando la opinión pública le retira francamente su consentimiento (...).

En la conferencia de 1929 (...) predije que la generación que eligió a Yrigoyen en 1916 no podría impedir el advenimiento de la nueva generación que estaba ya criticándolo y preparándose para gobernar el país.

No pude entonces prever que el gobierno existente había de extremar sus atentados contra la constitución y la moral política y administrativa hasta hacerse intolerable en pocos meses más. La revolución anticipó entonces, el cambio que la opinión había ya resuelto operar. El pueblo confirmó la obra revolucionaria con inequívocas manifestaciones de aprobación y entusiasmo (...).

El presidente Yrigoyen emulando la personalidad de los ministros que sólo conservaron de tales el título y el sueldo, asumió él solo la responsabilidad de todos los desaciertos y, llegada la crisis inevitable, no quiso renunciar como Juárez Celman, sino conservar por la fuerza el gobierno, como Rosas, y como Rosas fue vencido por el pueblo argentino.

Es pues indispensable para la consolidación y progreso de la democracia argentina devolver a los ministros la plenitud de su personalidad constitucional.
[Otra] garantía constitucional es la del respeto de la autonomía de las provincias (...). Cuando el partido radical llegó al gobierno en 1916 se olvidó del principio de su carta orgánica y allanó las autonomías provinciales con una sorprendente facilidad, habiendo dispuesto 34 intervenciones en menos de catorce años de gobierno (...). La mayor parte de estas 34 intervenciones fueron decretadas por simple resolución del presidente sin ley del congreso.

Yo fui ministro del interior durante la presidencia de Alvear, desde el 12 de octubre de 1922 hasta el 23 de noviembre de 1923, durante esos trece meses no se decretó ninguna intervención del poder ejecutivo (...). Me retiré del ministerio porque el presidente quiso dar al comisionado [nombrado para llevar adelante la reciente intervención a Tucumán establecida por ley por el Congreso Nacional] facultades administrativas que a mi juicio el gobierno nacional no tiene en las provincias intervenidas (...).

La falta de [estas] garantías deja un vacío tan grande en nuestro país que no hay virtud republicana ni inteligencia perspicaz ni voluntad vigorosa capaces de llenarlo (...). El resultado más o menos inmediato es la creación de un ejecutivo prácticamente irresponsable o sea de una autocracia, como la derrocada el 6 de setiembre (...).

La revolución que acaba de realizarse ha tenido por objeto esencial defender la constitución conculcada por el gobierno personal (...)."



Documento 2: fragmento de un Informe sobre los sucesos del 6 de septiembre de 1930, escrito por el capitán Juan Domingo Perón, a pedido del teniente coronel José María Sarobe.

     El extenso informe describe con lujo de detalles la conspiración previa al estallido del golpe, la desorganización, el caos y la desinformación en los que transcurrieron gran parte de los acontecimientos del día 6, así como la intrínseca debilidad militar del movimiento. Hemos seleccionado el momento en que el capitán Perón llega a la Casa Rosada en la mañana del día 6 de septiembre:

"Cuando llegamos a la Casa Rosada, flameaba en ésta un mantel, como bandera de parlamento. El pueblo que en esos momentos empezaba a reunirse, en enorme cantidad, estaba agolpado en las puertas del palacio. Como era de suponer hizo irrupción e invadió toda la casa en un instante a los gritos de "viva la Patria", "muera el peludo", "se acabó", etc. Cuando llegaba mi automóvil blindado a la explanada de Rivadavia y 25 de Mayo en el balcón del primer piso había numerosos ciudadanos que tenían un busto de mármol blanco que lo lanzaron a la calle donde se rompió en pedazos, uno de los cuales me entregó un ciudadano que me dijo: "Tome mi Capitán, guárdelo de recuerdo y que mientras la patria tenga soldados como ustedes no entre ningún peludo más a esta casa". Yo lo guardé y lo tengo como recuerdo en mi poder.

Adivinaba los desmanes que ese populacho ensoberbecido estaría haciendo en el interior del palacio. Entré con tres soldados (...) y entre los cuatro desalojamos lo más que pudimos a la gente. Puse guardias en todas las puertas con la misión de dejar salir, pero no entrar.

Recuerdo un episodio gracioso que me ocurrió en una de las puertas. Un ciudadano salía gritando "viva la revolución" y llevaba una bandera argentina arrollada debajo de un brazo. Lo detuve en la puerta y le dije qué hacía. Me contestó: "llevo una bandera para los muchachos, mi Oficial". Pero aquello no era sólo una bandera (...). Se la quité y el hombre desapareció entre aquel maremágnum de personas. Dentro de la bandera había una máquina de escribir.
En una de las escaleras me encontré con el Capitán Sauglas, que bajaba, me comunicó que en el despacho presidencial se encontraba el Doctor Martínez que quería renunciar y no tenía a quien entregar la renuncia.

Subí a la casa y sentí ruido de disparos de cañón en dirección al Congreso. Subí al auto blindado y ordené "al Congreso" (...). Por la Avenida de Mayo no se podía andar sino muy despacio, si no se quería atropellar a la gente que la cubría totalmente (...). Hice una pasada frente al Congreso, y en ese momento los cadetes entraban al palacio por las puertas del frente.

Busqué al General Uriburu por varias partes y me dijeron algunos que se había retirado herido, otros que se había marchado a la Casa de Gobierno (...). Sólo encontré al Coronel Juan Pistarini (...). Lo subí al auto y lo llevé a la Casa de Gobierno. Una vez en ella supe que ya había llegado el General Uriburu. Comprendí entonces que el peligro ya no estaba allí dentro, sino en la defensa de la casa (...).

A las dos o tres horas recién comenzaron a llegar algunas tropas. Hasta entonces la guardia la dimos nosotros con los dos autos.

A la noche, más o menos a las 24 horas, encontré al Coronel Mayora que me llevó al salón donde había instalado su despacho y me dijo, "descanse un poco y quédese por aquí, que yo lo voy a necesitar para cualquier trabajo" (...). Me tiré en un sillón a descansar (...). Durante esa noche desde las 23.30 horas hasta las 5 horas del día siguiente recibí la misión de patrullar la ciudad para evitar desmanes, que el pueblo iniciaba como represalia contra los diarios, los comités y casas particulares de las personas afectadas al gobierno depuesto.

Con tres soldados y dos civiles que nos llevaron en su automóvil evitamos que se quemaran varias casas, entre ellas el Hotel España y la casa del ex Intendente Cantilo.

A la mañana del 7 a las 6 horas, comprendí que todo aquello había terminado y me retiré a mi casa a descansar...".

 

Documento 3: fragmento del relato del derrocamiento realizado por el propio presidente Hipólito Yrigoyen.

     El texto es extremadamente escueto, pero permite comprender entre líneas la situación de un presidente anciano y enfermo, respaldado por un muy reducido grupo de funcionarios leales y, en consecuencia, con un margen de acción reducido a su mínima expresión.

"...una gripe, descuidada en la labor que sin tregua me absorbía, había agravado mi salud llevándome al borde de la vida, por lo que tuve que delegar el gobierno, y al día siguiente, cuando me encontraba en el más álgido estado congestivo, llegó a mi casa el ministro de guerra interino, doctor González, quien me hizo comunicar que habiéndose levantado el jefe y los cadetes de la Escuela Militar, más una parte del cuerpo de comunicaciones, viniendo en marcha hacia la ciudad, había tomado las medidas para reducirlos, pero que al saber esto el Vicepresidente en ejercicio del gobierno lo había llamado (...) y le había comunicado que no haría fuego sobre esas fuerzas (...) y al efecto había dado contraorden terminante a los cuerpos de la Capital levantando bandera de parlamento al mismo tiempo (...). La impresión que me causó esa noticia, sólo Dios que me dio vida para sobrellevarla lo sabe.

Le hice decir al ministro que se fuera de inmediato al arsenal y allí me esperase -y levantándome en seguida como pude me dirigí a La Plata, contra la opinión de los médicos, que me pronosticaron que me moriría en el camino-; y en el momento de tomar las medidas para trasladarme con las fuerzas de La Plata al Arsenal, a imponer desde allí el desarme, me comunicó el ministro que habiendo llegado los generales Justo y Arroyo, a nombre del general Uriburu, haciéndole saber que el Vicepresidente había entregado el gobierno, le intimaba que él hiciera lo propio con el Arsenal, porque de lo contrario procedería inmediatamente a bombardearlo; y que ante semejante amenaza (...) había resuelto entregarlo, dejando que el jefe del Arsenal lo hiciera (...).

En tal caso, ante el cual cambiaba la faz de los elementos de resistencia y ante el infortunio a que de improviso se veía impelida la Nación, exponiéndose a una contienda que sorprendería al mundo que nos mira, cualesquiera fueran los resultados, estando felizmente en mi mano evitarlo, así lo hice, porque, a Dios infinitas gracias, conservé todas las claridades de mi espíritu para hacer lo que debía (...), y con la inmensa satisfacción de no haber hecho derramar sangre humana, que fue siempre mi primera preocupación en las vicisitudes de la vida, y para no sombrear con esos horrores las divinas y celestiales fulguraciones que había expandido por todos los ámbitos del mundo.

No podía ser mi resolución ni vacilante ni condicional en ningún sentido, para darle toda la significación propia de los móviles que me determinaron a asumirla, y pensando que, aunque hubiera que realizar nuevas comprobaciones democráticas en sus legales ejercicios, era un rasgo generoso e hidalgo evitar los sacrificios irreparables para convertirlo en acontecimiento de honrosa enseñanza en los escenarios de la vida pública.

La renuncia, firmada en el cuartel del 7 de infantería, de La Plata, dice: "Ante los sucesos ocurridos presento en absoluto la renuncia del cargo de Presidente de la Nación Argentina, Dios guarde a V.H.; H.Yrigoyen. Al señor jefe de las fuerzas militares de La Plata, La Plata, 6 de septiembre de 1930".

 

Documento 4. Segunda versión de la proclama revolucionaria del movimiento del 6 de septiembre de 1930, redactada por Leopoldo Lugones.

     La primera versión de la proclama revolucionaria resultaba tan agresiva y violenta, que el General Uriburu solicitó al poeta Lugones una nueva versión, en gran parte a raíz de los cuestionamientos que el coronel Sarobe y el general Agustín P. Justo realizaron al texto de la proclama. Ambos jefes militares le plantearon el general Uriburu que el deber del movimiento consistía en cambiar solamente a los hombres, no a las instituciones de la Constitución. La primera versión de la proclama de Lugones contradecía la tradición liberal que Justo y Sarobe afirmaban representar. El poeta debió redactar un nuevo texto que agradara al sector castrense.

"El Ejército y la Armada de la Patria, respondiendo al calor unánime del pueblo de la Nación y a los propósitos perentorios que nos impone el deber de argentinos en esta hora solemne para el destino del país, han resuelto levantar su bandera para intimar a los hombres que han traicionado en el gobierno la confianza del pueblo y de la República el abandono inmediato de los cargos, que ya no ejercen para el bien común, sino para el logro de sus apetitos personales. Les notificamos categóricamente que ya no cuentan con el apoyo de las fuerzas armadas, cuyo objetivo primordial es defender el decoro personal, que ellos han comprometido, y que no habrá en nuestras filas un solo hombre que se levante frente a sus camaradas para defender una causa que se ha convertido en vergüenza de la Nación. Les notificamos también que no toleraremos que por maniobras y comunicaciones de última hora pretendan salvar a un gobierno repudiado por la opinión pública, ni mantener en el poder los residuos del conglomerado político que está estrangulando a la República".

 

Documento 5. Carta del embajador norteamericano Bliss al Departamento de Estado (11 de septiembre de 1930).

     A menos de una semana del golpe, el embajador norteamericano aconseja reconocer cuanto antes al gobierno de facto de Uriburu, para aprovecharse de la dilación del gobierno británico en dar el mismo paso. Bliss suponía que, por una vez, el gobierno de los Estados Unidos podía obtener así una ventaja sobre el tradicional aliado argentino, que podría materializarse en beneficios económicos para las inversiones norteamericanas.

"Me agradaría saber sobre la cuestión de cooperación anglo-americana en cuanto al reconocimiento originado por los británicos. Me parece que Inglaterra, como la tradicional amiga de la Argentina, gana manteniendo a los Estados Unidos fuera de conseguir una ventaja marcada al ser el primero en extender el reconocimiento, mientras con su propio no-reconocimiento no pierde nada en la medida que los Estados Unidos tampoco otorguen el reconocimiento.

Por otra parte, con una reconocimiento simultáneo, los Estados Unidos pierden una ventaja que llega finalmente a ser ganancia británica.

Los Estados Unidos, como la más temida y envidiada nación, tiene una oportunidad de ayudar a la Argentina en un momento en que el apoyo moral sería particularmente apreciado, y sería incuestionablemente beneficioso para nuestra posición aquí. Los intereses americanos desean el reconocimiento, a fin de acelerar la recuperación de los negocios.

De Bliss a Cotton, Departamento de Estado
11 de septiembre de 1930".

 

Documento 6. Fragmento del último capítulo del libro La Grande Argentina, de Leopoldo Lugones.

     Escrito al calor de las circunstancias, el libro de Lugones refleja el discurso del nacionalismo extremista de derecha que, a diferencia del discurso de Matienzo (documento 1) o de las estrategias del tandem Justo/Sarobe, sostenía la crisis de la democracia liberal parlamentaria. El autor propone avanzar hacia reformas que parecían implicar una simbiosis de militarismo y corporativismo de corte autoritario. Es el sufragio universal, y la capacidad del sistema de partidos políticos para mediar entre sociedad civil y sociedad política, lo que Leopoldo Lugones cuestiona. La democracia es vista como un "experimento agotado" que, en esencia, lleva indefectiblemente hacia la demagogia y la corrupción.

"De entre los métodos que existen para designar el gobierno representativo, aplícase con preferencia el sufragio universal, cuyo resultado bastante bueno en los países anglo-sajones, impúsose a los demás, con el prestigio que le daba la prosperidad de aquéllos. Fue, pues, racional y justo dicho ensayo; pero, en los países latinos, sus consecuencias han sido malas.
La condición indispensable para desempeñar el gobierno, que es la capacidad, no se cumple (...).

Convertida así, la función pública en fuente de renta o de provecho venal, la elección que la confiere transfórmase en una industria; y como ésta explota, principalmente, el fomento y la impunidad de las malas pasiones, para halagar los instintos de la turba, que es la mayoría, resulta en puridad un desenfreno y un atentado. Con lo cual fracasan dos de los tres objetos capitales del gobierno: el orden y el bienestar común, en cuya garantía estriba el ejercicio de la libertad. Dicha garantía constituye a su vez el principio de equidad que es el fundamento del orden (...); pero la industria electoral encárgase de violarlo, con el referido propósito de halagar a la turba, practicando el obrerismo, el colectivismo y demás sistemas confiscatorios, que al privilegiar determinado grupo, establecen la desigualdad demagógica (...).

Esta derivación hacia el colectivismo engendra una nueva perversión democrática, consistente en la representación parlamentaria de las minorías, bajo el sistema proporcional; lo que conduce, prácticamente, al gobierno coligado de dichas fracciones cuya mayoría eventual frustra el derecho de la real y permanente. Así ha llegado a predominar el político maniobrero sobre el estadista inexorablemente desalojado, hasta transformar en regla esta definición magistral de Clarke: `El político piensa en la próxima elección; el estadista en la próxima generación`. La actual política argentina es típica en la materia; la representación empeora con la verdad del sufragio.

Trátase, entonces, de un experimento agotado. La Nación está sacrificando su prosperidad y su porvenir a la vanidad de los ideólogos y al provecho de los políticos. Su democracia de importación ha fracasado, precisamente por ser extranjera desde el texto hasta el espíritu. En esto, como en todo lo demás, su éxito estriba en saber vivir de sí misma".

 


Los documentos 1, 2 y 5 han sido extraidos de Hebe Clementi, El Radicalismo. Trayectoria política, Buenos Aires, Siglo XX, 1983, apéndice documental.


Prof. Fabián A. Campagne



Copyright 2000, NAL Educativa S.A. Todos los derechos reservados
Prohibida su reproducción total o parcial

Consultas y comentarios: sociales@nalejandria.com