Figuras y sucesos polémicos en la historia argentina

La Revolución de Mayo según el Plan de Operaciones de Mariano Moreno:
¿Robespierre suelto en el Río de la Plata?


     Una de las fuentes más extraordinarias para el abordaje de un tema clásico de la historiografía, como es la Revolución de Mayo de 1810, lo constituye un documento secreto: el Plan de Operaciones presentado por Mariano Moreno a los otros integrantes de la Primera Junta a poco más de tres meses de la asunción del Gobierno Provisional que sustituyó el Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros.

     En julio de 1810 la Junta encargó a su secretario, Mariano Moreno, la confección de un plan secreto, que el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata debía poner en práctica para la consolidación de la ruptura del vínculo colonial con España. Aunque su autenticidad ha sido discutida por importantes especialistas, actualmente se acepta que, en lo fundamental, es obra de Moreno, aunque es probable que algunos fragmentos hayan sido agregados o interpolados con posterioridad.

     En cualquier caso, el Plan de Operaciones, presentado finalmente el 30 de agosto de 1810, es testimonio de lo que se conoce como el jacobinismo rioplatense: émulo de Maximiliano Robespierre, el autor del texto utiliza un lenguaje de inusitada violencia para justificar una metodología de terror contra los enemigos de la Revolución.

     En los primeros párrafos del Plan, Moreno deja en claro los fundamentos de una verdadera gesta revolucionaria: energía, rigor, terror.

"...las historias antiguas y modernas de las revoluciones nos instruyen muy completamente de sus hechos, y debemos seguirlos para consolidar nuestra sistema (...), pero temo, a la verdad, que si no dirigimos el orden de los sucesos con la energía que es propio se nos desplome el edificio; pues el hombre en ciertos casos es hijo del rigor, y nada hemos de conseguir con la benevolencia y la moderación; éstos son buenas, pero no para cimentar los principios de nuestra obra; conozco al hombre, le observo sus pasiones, y combinando sus circunstancias, sus talentos, sus principios y su clima, deduzco por sus antecedentes, que no conviene sino atemorizarle y oscurecerle aquellas luces que en otros tiempo sería lícito iluminarle."

     Este fragmento inicial pone ya de manifiesto la antropología pesimista que recorre la totalidad del texto del Plan de Operaciones: la opinión que de los hombres guarda el autor del opúsculo no puede caracterizarse como positiva. Al mismo tiempo, Moreno deja sentado un segundo principio: la Revolución es tiempo de excepción. Todo aquello es bueno y lícito en períodos convencionales de la historia de los pueblos, resulta nocivo y perjudicial cuando se intenta fundar, mediante una transformación revolucionaria, un orden nuevo. Por ello, a medida que Moreno profundiza sus razonamientos, aparecen expresiones cada vez más revulsivas: es necesario derramar la sangre de quienes osen expresar la mínima oposición al nuevo orden.

"La moderación fuera de tiempo no es cordura, ni es una verdad; al contrario, es una debilidad cuando se adopta un sistema que sus circunstancias no lo requieren; jamás en ningún tiempo de revolución, se vio adoptada por los gobernantes la moderación ni la tolerancia; el menor pensamiento de un hombre que sea contrario a un nuevo sistema es un delito por la influencia y por el estrago que puede causar con su ejemplo, y su castigo es irremediable.
Los cimientos de una nueva república nunca se han cimentada sino con el rigor y el castigo, mezclado con la sangre derramada de todos aquellos miembros que pudieran impedir sus progresos."

     El carácter secreto del documento le permite al autor desplegar sin pudor sus opiniones sobre la familia real española y el monarca cautivo. La ruptura con España debía considerarse ya definitiva. La restauración del orden colonial era una hipótesis que el autor del Plan ni siquiera se planteaba:

"La filosofía que reina en este siglo demuestra la ridiculez de la grandeza y las contingencias a que está expuesta. La insubsistencia perpetua y continuada de la corona de España, lo está evidenciando; la familia real envilecida había ya dejado de serlo y perdido sus derechos; el 25 de mayo de 1810, que hará célebre la memoria de los anales de América, nos ha demostrado esto, pues hace veinte años que los delitos y las tramas de sus inicuos mandones y favoritas iban ya preparando este vuelco (...).
La familia de los Borbones estaba en el suelo, y ninguno de sus cobardes amigos acudió a tiempo a darle la mano; no era menester más que dejarla dormir y olvidarla."

     Los hombres buenos, los individuos de carácter moderado, que sienten un rechazo natural por la violencia, no son aptos para llevar adelante la conducción de una Revolución. Moreno propone apartarlos con cierta delicadeza, pues podrían ser necesarios en el futuro, cuando la república naciente haya dejado atrás los "primeros pasos de su infancia". No es posible ser moderado y revolucionario al mismo tiempo:

"Hay hombres de bien que detestan verdaderamente todas las ideas de los gobiernos monárquicos, cuyo carácter se les hace terrible y que quisieran, sin derramamientos de sangre, sancionar las verdaderas libertadas de la patria; no profesan los principios abominables de los turbulentos, pero como tienen talento, algunas virtudes políticas y buen crédito, son otro tanto más de temer; y a éstos sin agraviarles (porque algún día serán útiles) debe separárseles; porque (...) porque no son propios por su carácter para realizar la grande obra de la libertad americana, en los primeros pasos de su infancia."

     Como queda de manifiesto en este último fragmento, Moreno empieza ya a proponer a sus colegas de la Junta medidas concretas de acción. Consciente de la dureza de las mismas, se detiene por un instante a reflexionar sobre la licitud moral de sus propuestas, para concluir con una metáfora de gran efectismo: para salvar su barco en medio de una tormenta, un capitán debe recurrir a todos los medios a su alcance:

"No se me podrá negar que en la tormenta se maniobra fuera de regla, y que el piloto que salva el bajel, sea como fuese, es acreedor a las alabanzas y a los premios (...). Las máximas que realizan este plan y hago presentes son, no digo las únicas practicables, sino las mejores y las más admisibles."

     La inspiración en el período del terror de la Revolución Francesa pronto se hace explícito. El autor del Plan de Operaciones sugiere cortar cuantas cabezas sea necesario para afianzar la revolución de independencia, aún cuando el número de víctimas y la violencia desenfrenada parezcan asemejar a los revolucionarios con los antropófagos, aún cuando se derramen ríos de sangre. Se esboza también una metáfora organicista, pues se recurre a la imagen del organismo cuyos miembros enfermos deben ser amputados:

"Creería no haber cumplido, tanto con la comisión con que se me ha honrado, como con la gratitud que debo a la patria (...), si moderando mis reflexiones no mostrase los pasos verdaderos de la felicidad, sería un reo digno de la mayor execración, y así no debe escandalizar el sentido de mis voces, de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa, aun cuando tengan semejanza con las costumbres de los antropófagos y caribes. Y si no, ¿ por qué nos pintan a la libertad ciega y armada de un puñal? Porque ningún estado envejecido o provincias pueden regenerarse sin cortar sus corrompidos abusos, sin verter arroyos de sangre."

     De aquí en adelante, una vez agotadas todas las metáforas destinadas a instalar la necesidad de energía y severidad con que debe llevarse adelante la Revolución, el Plan de Operaciones se dedica a proponer cursos de acción concretos, algunos de ellos decididamente escalofriantes. En primer lugar, los abusos que pudieran cometer los verdaderos patriotas, durante su desempeño con líderes revolucionarios, deben ser siempre perdonados o al menos disimulados:

"A todos los verdaderos patriotas cuya conducta sea satisfactoria, y tengan dado de ella pruebas relevantes, si en algo delinquiesen que no sea concerniente al sistema, débese siempre tener con éstos una consideración, extremada bondad; en una palabra, en tiempo de revolución, ningún otro debe castigarse, sino el de infidencia y rebelión contra los sagrados derechos de la causa, y todo lo demás debe disimularse."

     En cuanto a los enemigos de la Revolución, el redactor del texto recomienda la máxima severidad y crueldad. Todas las prevenciones y seguridades jurídicas del derecho moderno quedan en suspenso: a la menor semiprueba de atentar de palabra o de hecho contra la gesta revolucionaria, los contra-revolucionarios deben ser castigados con la pena capital. Sin ocultar una cuota de cinismo, el Plan recuerda que la ejecución de los enemigos es más necesaria cuanto más inteligentes o talentosos sean los contra-revolucionaros. También propone la decapitación inmediata de quienes ejercen cargos destacados, tanto civiles como militares. en las provincias, que aún no se habían sometido a la autoridad de la Primera Junta:

"Con los enemigos declarados y conocidos debe observar el Gobierno una conducta muy distinta, y es la más cruel y sanguinaria (...).A la menor semiprueba de hechos, palabras, etc. contra la causa, debe castigarse con pena capital, principalmente cuando concurran las circunstancias de recaer en sujetos de talento, riqueza, carácter, y de alguna opinión; pero cuando recaiga en quienes no concurran éstas, puede tenerse alguna consideración moderando el castigo. (...). Consiguientemente, cuando caigan en poder de la patria de estos [enemigos], como gobernadores, capitanes generales, mariscales de campo, coroneles, brigadieres, y cualesquiera otros de los sujetos que obtienen los primeros empleos de los pueblos que aún no nos han obedecido, y cualesquiera otras personas de talento, principalmente los que tienen un conocimiento completo del país, (...) debe decapitárselos."

     El espionaje y la delación indiscriminada eran otras de las aberraciones que la revolución, en tanto período de excepción, debían fomentar. Aún las falsas denuncias debían ser tomadas en cuenta, nada más que para no dañar el celo patriótico del denunciante:

"El gobierno debe, tanto en la capital como en los pueblos, conservar unos espías, a quienes indistintamente se les instruya bajo de secreto; comisionándolos para que introduciéndose con aquellas personas de más sospecha, entablando comunicaciones, y manifestándose siempre de un modo contrario de pensar a la causa que se defiende, traten de descubrir por este medios los pensamientos de nuestros enemigos."

"La más mera sospecha denunciada por un patriota contra cualquier individuo de los que presentan un carácter enemigo, debe ser oída y aún debe dársele alguna satisfacción, suponiendo que sea totalmente infundada, por sólo un celo patriótico mal entendido, ya desterrándolo por algún tiempo, o apropiándole otra pena, (...) para que el denunciante no enerve el celo de su comisión, vea que se tiene confianza y se forma concepto de su persona."

     La liberación de esclavos y la abolición de las cargas que pesaban sobre los indígenas aparecen descriptas según una inconfundible lógica de oportunismo político, aún cuando en el texto se perciben subyacentes los principios del igualitarismo radical iluminista, y del determinismo geográfico, tan característico de la antropología de la Ilustración. En cuanto a la liberación de esclavos negros, el principal objetivo parece ser las obtención de nuevos soldados para el ejército. Coherente con la protección de la propiedad privada, que caracteriza a la ola de revoluciones burguesas entre 1776 y 1848, el Plan de Operaciones no deja de recordar la necesidad de indemnizar a los ex propietarios de esclavos, por el prejuicio económico que la manumisión podría provocarles:

"El Gobierno debe tratar, y hacer públicas con la mayor brevedad posible, el reglamento de igualdad y libertad entre las distintas castas que tiene el Estado, a fin de con este paso político, excitar más los ánimos; pues a la verdad, siendo por un principio innegable que todos los hombres descendientes de una familia están adornados de unas mismas cualidades, es contra todo principio o derecho de gentes querer hacer una distinción por la variedad de colores, cuando son unos efectos puramente adquiridos por la influencia de los climas."

"En la misma forma debe tratarse sobre el reglamento de la prohibición de la introducción de la esclavatura, como asimismo de su libertad (...). pero siempre protegiendo a cuantos se acojan a nuestras banderas, declarándolos libres, a los unos, si sus amos fueren del partido contrario; y a los otros, rescatándolos con un tanto mensual de los sueldos que adquieran en la milicia, para de esta forma de descontentar a sus amos..."

     Finalmente, el autor del Plan de Operaciones reconoce la utilidad de la denominada "mascara de Fernando VII". Aún cuando la ruptura con España estuviera ya establecida en el seno de la Junta de Gobierno, la apariencia de fidelidad al monarca español debía emplearse como eficaz herramienta política, capaz de hacer dudar a las potencias extranjeras respecto del bando en el que se hallaban los verdaderos defensores del rey cautivo:

"El misterio de Fernando es una circunstancia de las más importantes para llevarla siempre por delante, tanto en la boca como en los papeles públicos y decretos, pues es un ayudante a nuestra causa el más soberbio; porque aun cuando nuestras obras y conducta desmientan esta apariencia en muchas provincias, nos es muy del caso para con las extranjeras, (...) como igualmente para con la misma España; (...) y, consiguientemente, nos da un margen absoluto para fundar ciertas gestiones y argumentos, así con las cortes extranjeras, como con la España, que podremos hacerle dudar de cuál de ambos partidos sea el verdadero realista."

Prof. Fabián A. Campagne



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