Para alumnos de 15 años o más

El Renacimiento

            El Renacimiento, como todos los temas de historia cultural, resulta muy difícil de enseñar en cursos de nivel elemental, por cuanto requiere una cantidad de conocimientos previos que, por lo general, carecen los alumnos. En primer lugar, resulta muy difícil comprender la profundidad del cambio que significó la irrupción del Humanismo, sin tener un conocimiento acabado del pensamiento medieval. El Renacimiento es un tema que se comprende mejor por contraste, por el hecho de que en sí mismo no es sino una fenomenal revolución en la mentalidad de las élites intelectuales de Europa Occidental.

           Todos los otros temas en los cuales los docentes de nivel secundario suelen detenerse -las manifestaciones artísticas, las grandes transformaciones técnicas, las guerras de Italia, el mecenazgo de los Medici- no son sino manifestaciones secundarias del fenómeno más profundo: con el Humanismo se instala en la alta cultura laica una nueva visión del mundo, una manera irreductiblemente diferente de comprender el mundo de lo real.

            Esta nueva visión del mundo fue una visión completa: implicó una nueva economía, una nueva política, una nueva teología, una nueva antropología, una nueva filosofía natural.

            Fue también -no debemos olvidar- un fenómeno eminentemente intelectual, que afectó en primer medida a los pensadores, estudiosos y productores culturales europeos. Otro olvido frecuente en la enseñanza del tema consiste en utilizar el término Renacimiento para caracterizar la totalidad de una época. En realidad, el Humanismo fue un fenómeno palaciego, una corriente de pensamiento eminentemente aristocrática y elitista. El hombre común -el campesino, el artesano, el sirviente, el mendigo, el comerciante- vio su vida relativamente poco afectada por esta revolución de mero corte intelectual. De hecho, la visión generalmente optimista que acompaña a la descripción de la etapa renacentista, olvida que fue también un período de guerras violentas, de persecuciones de criptojudíos en España, de quema de brujas en Italia, de estallidos de crisis religiosas y psicosis milenaristas, de una incontrolable subida de los precios de los productos agrícolas básicos, de abusos contra los indígenas americanos cometidos por muchos de los primeros conquistadores. Cabe preguntarse ¿qué fue el Renacimiento para todos estos individuos ? Indudablemente, una vez que salimos del atelier de Leonardo da Vinci, de las academias florentinas de los Medici, del escritorio de Tomás Moro y Erasmo de Rotterdam, el viejo rótulo escolar de Renacimiento deja de tener sentido.

            De todas formas, la transformación intelectual que afectó a la élite cultural europea constituye un tema clave en la historia de la cultura occidental, que merece ser comprendido en profundidad por los jóvenes estudiantes de historia.

            Para ello, proponemos a continuación una selección de tres textos que, a nuestro criterio, sintetizan la profunda transformación en las mentalidades ocurrida a finales del siglo XV y comienzos del siglo XVI. Se trata de textos complejos, que requieren la constante ayuda del docente para que los alumnos puedan extraer de ellos la totalidad de su riqueza. Es aconsejable dedicar tiempo y espacio de reflexión para el análisis de estos fragmentos:

a)     Marsilio Ficino, Teología Platónica (1469-1474), fragmento del capítulo III del libro XIII.

            Ficino no sólo es uno de los más grandes humanistas europeos, sino tal vez uno de los primeros pensadores del período que lograron ingresar en la historia del pensamiento filosófico occidental. Fue un difusor incansable del platonismo y neoplatonismo. De hecho, tradujo muchos textos hasta entonces desconocidos de Platón, Plotino y los denominados textos herméticos, que databan de los primeros siglos de la era cristiana. Creía firmemente en la posibilidad de conciliar el pensamiento de la filosofía pagana con los fundamentos teológicos del cristianismo. Estaba convencido de que la divinidad se había ya revelado en los tiempos anteriores a Cristo, por ello el título completo de su obra magna es Teologia Platonica de animorum immortalitate (Teología platónica acerca de la inmortalidad de las almas). Murió en Florencia en 1499, a los 66 años de edad.

           En este fragmento que seleccionamos -esencialmente una reflexión antropológica sobre la dignidad del hombre- se percibe el cambio radical en relación a la antropología medieval. Mientras que ésta acentuaba el carácter esencialmente corrupto de la naturaleza humana, producto del primitivo pecado de soberbia contra la divinidad, Ficino realiza una alabanza descarada de los logros y valores humanos, llegando al borde la blasfemia, cuando compara al hombre con la propia divinidad.

“¡Cosa admirable! ¡Las artes humanas fabrican por sí mismas todo cuanto crea la naturaleza por su cuenta, como si no fuéramos los esclavos de la naturaleza sino sus émulos! Zeuxis pintó un racimo de uvas con tal arte que consiguió atraer a los pájaros. Apeles pintó un caballo y un perro con tal naturalidad que, al pasar por delante, los caballos relinchaban y los perros ladraban (...). Y no hablo de las pirámides de Egipto, de los monumentos, de las fábricas de metales y de vidrio de los romanos y de los griegos. En una palabra, el hombre imita todas las obras de la naturaleza divina y ejecuta, corrige, perfecciona las obras de la naturaleza inferior.

El poder del hombre es entonces casi semejante a la naturaleza divina, porque, por sí mismo, es decir por su reflexión y su habilidad, el hombre se gobierna a sí mismo sin ser limitado, en lo más mínimo, por las fronteras de la naturaleza corporal, y se esfuerza en imitar cada una de las obras de una naturaleza más elevada. Y, en relación con los animales de naturaleza inferior, necesita menos ayuda que ellos pues, dado que la naturaleza lo ha dotado de menores protecciones que a las bestias, él mismo crea por sus propios medios sus alimentos, sus vestimentas, su lecho, su casa, sus muebles, sus armas (...).

En esas obras del arte es posible percibir de qué modo el hombre utiliza todos los materiales del universo y de cualquier procedencia, como si estuvieran sometidos a su servicio. Él manipula los elementos, las piedras, los metales, los vegetales, los animales, y los convierte en formas y figuras numerosas, cosa que las bestias  no hacen jamás. No se contenta con un solo elemento o con unos pocos, como los animales, sino que los emplea todos, como si fuera el amo de todos. Con sus pies él pisa la tierra, luego surca las aguas, se eleva por el aire por medio de altas torres, sin hablar de las alas de Dédalo e Ícaro. Enciende el fuego, aprovecha la intimidad del hogar y la aprecia sobre todo cuando está solo. Por su potencia celeste se eleva más allá del cielo. No sólo se sirve el hombre de los elementos sino que los embellece, cosa que no hace ningún animal. ¡Cuán admirable es el cultivo de la tierra sobre toda la superficie del globo! ¡Cuán asombrosa la construcción de los edificios y de las ciudades! ¡Cuán ingeniosa la irrigación de las aguas! El hombre cumple el papel de Dios (Vicem gerit Dei) porque habita todos los elementos, todo lo cultiva y, presente en toda la tierra, no está ausente del éter. Además, para su alimento, conveniencia y placer, no sólo se sirve de los elementos, sino también de todos los animales que los pueblos, sea que se encuentren sobre la tierra, sea que vivan en el agua o que vuelen en el aire (...). Está fuera de duda que es el dios de los animales, ya que se sirve de todos, a todos gobierna y cría a un gran número de ellos. También es un hecho que es el dios de los elementos, pues los habita y los utiliza a todos, por fin es el dios de los materiales, porque los trabaja...”

b)     Giovanni Pico della Mirándola, Alabanza al hombre, fragmento (1496).

           Junto con Ficino, Pico della Mirándola (1463-1494) fue el más grande representante del humanismo italiano y, en muchos aspectos, fue su continuador. Al igual que aquel, Pico intentó en su corta vida lograr la pax philosophica; es decir, la conciliación de las corrientes y escuelas filosóficas existentes. Presentó las conclusiones de este ambicioso proyecto en forma de 900 tesis, que fueron rechazadas en bloque por el Papa Inocencio VIII.

           En el fragmento que proponemos Pico ensaya otro encendido elogio de la naturaleza humana, lejos de las descripciones medievales que acentuaban la figura del hombre-pecador. Pero la vía elegida es diferente a la de Ficino: no se trata aquí de recalcar el ingenio y capacidad de invención del hombre, sino su libertad absoluta. El hombre es el ser más grande de la creación porque es a la vez ángel y animal, alma inmortal y cuerpo mortal y, como tal, cada vez que actúa puede libremente optar por descender hacia el ámbito de lo bestial, o ascender hacia el ámbito perfecto de lo espiritual. Curiosamente, los ángeles -aún cuando más perfectos que el hombre, no posean esta libertad- fueron creados ángeles y no pueden aspirar a elegir otra condición. Por ello el hombre es superior a ellos, por cuanto es forjador de su propio destino:

“Estableció, finalmente, el Óptimo Artífice [Dios] que, a quien no le podía dar nada como propio, le fuese común todo aquello que había asignado de manera singular a los demás. Por eso acogió al hombre como obra de naturaleza indefinida y, poniéndolo en el corazón del mundo, le habló así:

‘No te he dado, Adán, ni un puesto determinado, ni un aspecto tuyo propio, ni prerrogativa alguna para que el lugar, el aspecto, las prerrogativas que tú desees, todo eso precisamente, según tu deseo y consejo, lo obtengas y lo conserves. La naturaleza determinada de los demás está contenida en las leyes prescritas por mí. Tú, en cambio, te la determinarás, sin ninguna barrera que te constriña, según tu arbitrio, a cuya potestad te entregué. Te puse en medio del mundo para que desde ahí discernieras todo lo que está en él. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, para que tú mismo, casi libre y soberano artífice, te plasmases y te esculpieses a ti mismo según la forma que hubieses elegido; podrás regenerarte, según tu voluntad, en las cosas superiores, que son divinas’.

¡O suprema liberalidad de Dios Padre! ¡Oh suprema y admirable felicidad del hombre! A él se le ha concedido obtener lo que desea, ser lo que quiere. Los animales, al nacer, llevan consigo, del seno materno, todo lo que tendrán. Los ángeles, ya desde el inicio, fueron lo que serán por los siglos de los siglos. En el hombre naciente, el Padre coloca semillas de todas las especies y gérmenes de toda vida. Y, según como cada cual las cultive, crecerán y darán en él sus frutos”.

c)      Nicolás Maquiavelo, El Príncipe (1516), fragmento del capítulo 15.

           Con esta célebre obra, Maquiavelo no sólo funda la ciencia política moderna, sino que impulsa -como nunca antes nadie- la consolidación de un campo autónomo de pensamiento y conocimiento humano, al margen del pensamiento teológico. Si durante la Edad Media la teología había devorado a la filosofía, en este libro Maquiavelo independiza brutalmente al pensamiento político del discurso religioso cristiano.

           En efecto, es difícil hallar un fragmento que presente una ética, una escala de valores más opuesta a la lógica de la moral cristiana que este célebre capítulo 15 de El Príncipe, que proponemos a continuación. Para Maquiavelo, aquellas virtudes que la teología moral alaba en mayor medida, constituyen graves errores en la práctica política. En su decálogo invertido, aquellas virtudes que permiten a un hombre ganar el cielo, pueden provocar, sin embargo, a un Príncipe la perdida de su estado. De hecho, Maquiavelo sugiere entre líneas que, en un mundo perverso como el que vivimos, quien cumple con los preceptos del Decálogo judeo-cristiano, “más camino a su ruina que a su preservación”. Este capítulo incluye una de las frases más revulsivas de todo el libro: el Príncipe debe aprender a ser malvado según su conveniencia y necesidad. Se trata, en definitiva, del célebre precepto que justifica cualquier medio para alcanzar un fin. No cuesta mucho entender las razones por las que El Príncipe integró rápidamente la lista de libros condenados por la Iglesia romana:

“Réstanos tratar de la conducta y procedimientos que debe seguir un príncipe con sus súbditos y con sus amigos. Sé que muchos han escrito de este asunto y temo que al hacerlo ahora yo, separándome de las opiniones de los otros, se me tenga por presuntuoso. Pero mi intento es escribir cosas útiles a quienes las lean, y juzgo más conveniente irme derecho a la verdad efectiva de las cosas, que a cómo se las imagina; porque muchos han visto en su imaginación repúblicas y principados que jamás existieron realmente. Tanta es la distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que quien prefiere a lo que se hace lo que debería hacerse, más camina a su ruina que a su preservación, y el hombre que quiere portarse en todo como bueno, por necesidad fracasa entre tantos que no lo son, necesitando el príncipe que quiere conservarse, aprender a poder ser no bueno y a usarlo o no usarlo, según su necesidad .

Prescindiendo, pues, de príncipes imaginados, digo que todos los hombres de quienes se habla, y especialmente los príncipes, poseen cualidades dignas de elogio o de censura: unos son liberales, otras avaros, (...) algunos crueles y otros compasivos; unos afeminados y miedosos, otros animosos y aún feroces; humildes o soberbios; castos o lascivos; sinceros o astutos; (...) religiosos o incrédulos.

Comprendo que en el concepto general sería por demás laudable encontrar en un príncipe todas las citadas cualidades, las que se tienen por buenas; pero no siendo posible tenerlas ni practicarlas por entero, porque no lo consiente la condición humana, el príncipe debe ser tan prudente que sepa evitar la infamia de aquellos vicios que lo privarían del poder, y aún prescindir, mientras le sea posible, de los que no acarrean tales consecuencias. No debe tampoco cuidarse de que le censuren aquellos defectos sin los cuales le sería difícil conservar el poder, porque, considerándolo bien todo, habrá cualidades que parezcan virtudes y en la aplicación produzcan su ruina, y otras que se asemejen a vicios y que, observándolas, le proporcionen seguridad y bienestar."

                  



Copyright 2000, NAL Educativa S.A. Todos los derechos reservados
Prohibida su reproducción total o parcial

Consultas y comentarios: sociales@nalejandria.com