Historia, ¿para qué?

Desde hace décadas, la pedagogía moderna insiste sobre la necesidad de transformar los contenidos curriculares en conocimientos significativos para los alumnos. Cuando un tema, proceso o procedimiento adquiere sentido para quien protagoniza el proceso de aprendizaje, la enseñanza y el estudio pueden dejar de ser una experiencia traumática para convertirse en un verdadero proceso placentero. El sistema educativo formal podría así, tal vez, recuperar parte del perfil hedonista que la adquisición de nuevos conocimientos tuvo siempre en Occidente, desde el nacimiento de la primitiva filosofía griega en adelante. Se trata, ni más ni menos, del tan declamado placer de aprender y enseñar.

Pero más importante aún que la transformación de contenidos en conocimientos significativos, es la transformación de la totalidad de la asignatura en un saber significativo. Los alumnos tienen el derecho de saber las razones por las cuales una disciplina ha sido incorporada al sistema educativo formal. ¿Por qué es necesario aprender matemática, idiomas extranjeros, biología, filosofía, gramática?. En el caso que nos ocupa, ¿para qué sirve la enseñanza de la historia en los últimos niveles de la educación básica y en la escuela media?

Curiosamente, la historia ha sido una de las disciplinas que mayores manipulaciones ha sufrido por parte de los poderes constituidos. Durante siglos, fue la herramienta privilegiada de la construcción de legitimidades políticas por parte de dinastías y estados patrimoniales. La tarea del historiador se acercaba en estos casos a la del literato, pues en muchas circunstancias debía inventar genealogías y antecedentes ficticios, para mayor gloria del poder político a cuyo servicio se encontraba. Pero los príncipes y gobernantes también requerían del historiador una segunda tarea de menor compromiso ideológico, de un perfil más decididamente técnico: la confección de cronologías oficiales. Si en el primer caso, el historiador era un creador de ficciones, en este segundo momento su tarea se confundía con la del cronista, cuya tarea no es la interpretación y explicación de los acontecimientos, sino su ordenada descripción según los usos convencionales del tiempo vigentes en cada período.

Todavía a finales del siglo XIX y en las décadas iniciales del siglo XX, la historia continuaba conformando un saber clave para los estados de la moderna sociedad capitalista. En Europa, la enseñanza de la historia debía cumplir las funciones de una instrucción cívica generalizada. La historia, maniqueamente dividida en buenos y malos, debía transmitir a los futuros ciudadanos valores y creencias que las clases dirigentes de las democracias parlamentarias consideraban esenciales. El positivismo filosófico, convertido en visión del mundo hegemónica de las élites políticas de finales del siglo XIX, obligó a la historia a convertirse en el campo de batalla en el cual se dirimía la lucha entre el progreso y la barbarie. La historia del hombre era una ininterrumpida carrera hacia un progreso que se pensaba ilimitado. En esta visión teleológica, se demonizaban aquellos personajes, procesos y episodios que en los siglos anteriores parecían oponerse al irremediable avance de la civilización moderna. En el caso de la historia argentina, la desacreditación del caudillismo como resabio de barbarie constituye un ejemplo claro de lo que afirmamos. En el caso de la historia europea, se trataba de desprestigiar a períodos lejanos y supuestamente oscuros (como el Medioevo), a sistema socioeconómicos anteriores al capitalismo industrial (como el feudalismo), o a corrientes de pensamiento previas al triunfo de la revolución científica (como la escolástica o el neoplatonismo).

En América Latina, las élites gobernantes de finales del siglo XIX y principios del siglo XX agregaron una segunda función para la historia: la construcción de las identidades nacionales. Los nuevos estados-nacionales americanos requirieron la conformación de nuevas identidades ciudadanas americanas. Un panteón de próceres, batallas y mártires, idealizados desde los años tempranos de la enseñanza elemental, debía contribuir a internalizar en los futuros ciudadanos una visión nacionalista de los procesos históricos. Se trata de la denominada historia de bronce, la que en determinadas circunstancias pareció llamada a desplazar a los rituales religiosos por nuevos rituales cívicos. En países de inmigración masiva, como Argentina, Uruguay y Estados Unidos (en menor medida Chile y Brasil), se trataba además de incorporar a la masa de millones de inmigrantes a las respectivas identidades nacionales. En Argentina, una de las preocupaciones finales de Domingo Faustino Sarmiento (fallecido en 1888), cuya visión de estadista resulta difícil discutir, consistía en que los hijos de los inmigrantes italianos residentes en Buenos Aires y otros centros urbanos, aprendían italiano antes que castellano en sus propias escuelas, festejaban el 20 de septiembre antes que el 25 de mayo. La ley 1420, aprobada por el Congreso Nacional Argentino en 1884, y que convertía a la enseñanza elemental en obligatoria, gratuita y laica, tenía como objetivo homogeneizar ideológicamente al tan mentado crisol de etnias en que se había convertido la República Argentina. La gesta de los grandes héroes de la independencia, a la que se agregaba el combate civilizador de los estadistas que combatieron al caudillismo, adquiría entonces una dimensión cercana a la de un nuevo evangelio laico. Cabe aclarar que esta ley 1420 se asemeja a un instrumento legal similar aprobado pocos años antes por la Tercera República Francesa, cuya manipulación de la historia como herramienta ideológica en el sistema educativo se hallaba ampliamente desarrollada.

Pero los avances de la sociedad democrática moderna han permitido reformular los objetivos estratégicos del sistema educativo formal, en tanto que han permitido a los historiadores académicos conformar un campo profesional autónomo, capaz de resistir las presiones manipuladoras de las dirigencias políticas de turno.

Cabe preguntarse, entonces, cuáles son los objetivos actuales de la enseñanza de la historia en las escuelas elementales y de nivel medio. Cabe preguntarse, en definitiva, cuáles son las respuestas que los profesores de historia deberíamos poder dar a los alumnos cada vez que éstos pregunten por la utilidad del conocimiento histórico en la moderna sociedad democrática.

A continuación esbozaré cuatro respuestas posibles (la lista, de más está decirlo, continúa abierta) para esta pregunta clave del proceso de enseñanza-aprendizaje de la historia:

1

La historia, al igual que el arte, al igual que la religión, al igual que la política, es una de las actividades que diferencia a los hombres de los animales. Es posible afirmar que el sentido histórico es un componente constituyente básico de la humanidad como especie. Frente a la ausencia de una noción de pasado y presente en otras especies animales, frente a una existencia que parece transcurrir en un eterno presente, sólo el hombre posee conciencia histórica, sólo él sabe que un pasado antecede al presente, que un presente antecede a un futuro.

2

El saber popular sostiene que el hombre es el único animal que puede caer dos veces en el mismo pozo. Frente a tal propensión innata a olvidar el registro del tiempo ya vivido, el único antídoto es la reflexión sobre la experiencia pasada. Por lo tanto, así como cada individuo recurre a su experiencia personal, para la humanidad entera dicha experiencia previa la constituye el conocimiento de la historia. Recordar los errores cometidos en el pasado ayuda a evitar su repetición en el presente. Los horrores de la historia del siglo XX quedarán más en el pasado cuanto más viva se tenga su memoria en el presente. No se trata de una paradoja, sino de la única posibilidad real de evitar la repetición de holocaustos, guerras mundiales, hecatombes nucleares, dictaduras y golpes de estado, genocidios y masacres de minorías.

3

La enseñanza de la historia es la mejor escuela de tolerancia. Una tendencia marcada de la tiempos actuales es la lucha de las más variadas minorías por el reconocimiento de sus derechos, tanto como el resurgir de viejos nacionalismos y conflictos regionales que la Guerra Fría había mantenido sólo latentes. La historia debe entonces ayudar a los hombres a relativizar el carácter absoluto que a menudo se otorga a las propias instituciones, a las propias creencias, a los propios valores. La idea de cambio y transformación, que caracteriza al desarrollo histórico, permite incorporar de manera natural la aceptación y el respecto por las diferencias, facilita la perdida de temor frente a otras culturas, a otros comportamientos, a otras costumbres. Si en el pasado el mundo no fue siempre igual ¿por qué debería serlo en el presente?. La globalización económica unifica comportamientos de mercado pero no logra neutralizar las identidades regionales, por lo que uno de los peligros que enfrenta el mundo presente es el renacer de nuevas xenofobias. La disciplina histórica enfrenta aquí uno de sus mayores desafíos futuros.

4

Las claves para la comprensión del presente se hallan en el pasado. No se trata de una frase hecha, aún cuando lo parece. Los verdaderos protagonistas de la historia son los procesos, no los individuos. Y en dichos procesos (económicos, políticos, sociales, culturales) se haya la clave para entender la situación presente de cualquier sociedad sobre el planeta. Ni más ni menos que nuestras experiencias vitales pasadas (relaciones familiares, estudios, desempeño laboral, vida afectiva) contribuyen a explicar nuestro presente, y las diferencias entre individuos. ¿Por qué la situación presente de las sociedades latinoamericanas difiere del grado de desarrollo alcanzado por los Estados Unidos de América?. ¿Por qué países como Australia y Canadá lograron niveles de crecimiento económico superiores a los de la Argentina, siendo que poseen condiciones geográficas similares?. ¿Por qué el continente africano es actualmente la región más pobre y atrasada del planeta? ¿Por qué el Japón es uno de los paradigmas del capitalismo industrial, China el máximo exponente del socialismo marxista, y la India uno de los líderes del Tercer Mundo? La respuesta a estos interrogantes se halla y sólo puede hallarse en el estudio de la historia de cada una de estas sociedades.

Dr. Fabián Campagne


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